EL REGRESO DE LOS SHAKERS

MUSICA: EL REGRESO DE LOS SHAKERS


El grupo que hizo época en los 60


La banda uruguaya que hece cuarenta años abrió las puertas al pop rioplatense estilo beatle vuelve con disco nuevo.


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Marcos Mayer. Especial para Clarín


A contramano de lo que podría esperarse, Los Shakers tapiaron la entrada al túnel del tiempo. Hugo Fattoruso, su voz cantante —y no sólo en términos musicales— responde por la negativa cuando se empieza a hablar del disco que marcará el regreso del cuarteto uruguayo al territorio del rock después de casi cuarenta años: "Nada de covers ni de viejos temas. Aunque cuando hagamos los shows está previsto un set con los temas que la gente recuerda mucho. Es imposible salir si no es con material nuevo."


Para decirlo con mayor precisión, el último disco de Los Shakers —La conferencia secreta del Toto's Bar— apareció en 1968 y dejaba traslucir ciertas influencias del Sargeant Peppers de los Beatles. Para muchos, como Pipo Mancera, quien los conoció en Punta del Este y los presentó en varias ocasiones en sus Sábados circulares, "fueron los primeros en imitar a los Beatles. Me gustaban mucho". La impresión de la memoria de Mancera se queda en uno de los aspectos de este grupo que hizo época en los 60 y que abrió el paso a una nueva perspectiva de lo que por entonces se llamaba música joven. Ya La conferencia secreta —hoy un objeto de culto entre rockeros argentinos como Charly García y Fito Páez— revela un trabajo muy personal y un estilo definido, más allá de las inevitables influencias. A esa muestra de personalidad propia, Hugo le agrega connotaciones políticas: "La conspiración es el primer diario subversivo y hace alusión a una reunión de presidentes en Punta del Este, que definió cómo sería el terror en los dos próximos siglos."


Rompiendo todo


Más allá de las interpretaciones retrospectivas, lo cierto es que desde hace casi un mes y a un promedio de doce horas diarias, el grupo que integran Hugo y Osvaldo Fattoruso, Carlos Vila, "Caio", en batería y Roberto "Pelín" Capobianco en el bajo, viene armando un disco cuyo título tentativo es Al compás de Los Shakers, compuesto de una docena de temas, con formato canción (de entre 3 y cuatro minutos), en los cuales el extenso recorrido musical de sus integrantes se nota en la solidez de las interpretaciones, en los ritmos cortados de la batería, y en los matices que permite el uso del acordeón, la armónica y el bandoneón, además de los teclados, la guitarra eléctrica y la sección rítmica.


Alrededor de una enorme mesa de directorio en Circo Beat —el estudio de Fito Páez—, rodeados de elegantes muebles que no revelan ningún uso y una bodega tan enorme como carente de la más mínima gota de alcohol, la sensación que recorre el lugar es que allí se está recreando un espíritu que algunos, seguramente por error, consideraban olvidado. En su anterior encarnación, shaker era un sustantivo, hoy, para sus componentes, se va convirtiendo en adjetivo. Hay un estilo shaker, un sonido shaker, un funcionamiento grupal shaker, que según cuenta Pelín hizo que "los dos primeros días nos miráramos con caras medio extrañas, pero después era como si hubiéramos seguido tocando juntos, como si no hubiera pasado tanto tiempo, como si nos hubiéramos separado sólo por un par de meses."


Se los ve tan felices como tensos. De allí que recién aparezcan risas a la hora de desmentir que el nombre del grupo se deba a una secta estadounidense que abomina del sexo incluso dentro del matrimonio. "Nada que ver con nuestra experiencia", se apura Osvaldo, mientras Hugo se preocupa por obtener precisiones sobre la secta que nunca llegan. Suena un Shake me baby exageradamente sensual en la voz de Pelín.


Esta nueva etapa también está bajo el signo del idioma. Los Shakers de los 60 cantaban en inglés, aunque compusieran sus propios temas. El encargado de las letras era Osvaldo: "Yo manejaba un repertorio de 25 palabras en inglés, así que componer cada canción era como jugar a la generala: sacudías las palabras y las letras salían como cayeran", exagera, aunque en más de una entrevista en estos largos años sin Shakers confesara que esas letras eran una traducción desenfadada y brutal de expresiones coloquiales uruguayas ("uruguayeces", según el neologismo usado en la ocasión).


Amores después de los amores


"Las letras son de amor y despectivas, la mujer a la que le cantamos se lleva, según los temas, palos, rosas o bombones. También se habla de algunas situaciones insólitas, y hay letras que no dicen nada como el relato de un gol", se suma Caio para explicar de qué tratará este redescubrimiento del español como lengua apta para ser cantada.


El regreso tiene algo de reivindicación personal. Todos coinciden en que el éxito de la primera etapa nunca se tradujo a términos económicos. "Estábamos metidos dentro de un mercado en el que los tipos te obligaban a hacer lo que vende, intentando gustarle a la gente. Sonábamos fenómeno, pero tocábamos estilos que sabíamos que iban a complacer al publico", recuerda Hugo, a la hora de responder por el público que suponen se asomará a esta nueva etapa del cuarteto montevideano. "Quien escuche este disco se da cuenta de que son los Shakers, como si fuese un blindfold test, hay un nexo invisible que une el pasado con lo actual", continúa. A lo que Pelín agrega que "tenemos una hinchada joven, a los que les gustan los temas viejos. La última cuenta que hicimos da algo así como 180 personas entre adolescentes y adultos jóvenes (risas). A la gente le gusta la música clara y objetiva. Si escucha el disco dos veces se lo tiene que llevar porque no hay manera de resistirse a los Shakers".


Pero si de resistencias se trata, ninguno adhiere claramente a que se los califique con la palabra mito, aunque pareciera no disgustarles que se la traiga a la mesa. "Somos artesanos de la música, no un mito. Continuamos con esto desde diferentes latitudes, almanaques, estudios y propuestas. Estamos en manos de los resultados que podamos conseguir. No creemos en la creación, la música es un poco de inventiva y otro de suerte. La música es la única que nos puede terminar de salvar. Si las canciones de Gardel no fueran buenas, no se hubiera convertido en mito", dice Hugo sin temor a las comparaciones.


Esas latitudes y almanaques varían radicalmente según los protagonistas. Caio llegó desde Venezuela, Pelín fue repatriado de su trabajo en la sinfónica de Rio de Janeiro y los Fattorusso vienen de experiencias en común, como la del grupo Opa, y de sus respectivos recorridos solistas (Hugo editó el año pasado su disco solista Ciencia Fictiona). A su vez, los hermanos tienen un sitio de Internet que marca un poco el rumbo de sus últimas búsquedas: candombe.com. De todos modos, Osvaldo deja en claro las cosas: "Es verdad que este disco de negro no tiene nada. Es más bien blanco, un rock, pop como anglosajón. No se exploró la temática del candombe. Pero es algo a trabajar."


Claro, todo depende de los destinos de esta aventura que esta vez no es en los 60, sino la de músicos que están cerca de cumplir 60 años, aunque se les note poco. Pero la apuesta es fuerte, como lo demuestra la presencia atenta durante la charla de los productores Félix Marín y Marcos Zimet, el contrato que está a la firma con Sony, los planes para elegir un tema de corte y armar el videoclip. Pelín cuenta que pidió un año de licencia en Brasil, porque más no se podía y Caio dejó Venezuela sin fecha de regreso. La nomadía está en los genes Fattoruso.


Osvaldo recuerda el disco simple que grabaron con Bonavena, con un tema que vuelve para las primaveras "pío, pío, pa". "El tipo no cantaba bien, pero era simpático y tenía una fuerza increíble. Me acuerdo de una foto que nos sacamos que Ringo nos llevaba a los cuatro sobre los brazos". Nadie refrenda ni niega la historia. ¿Mito o realidad? Cuando vuelvan a sonar los Shakers todas las dudas quedarán disipadas.